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Miseria y abandono en las aldeas aisladas que arrasó ‘Otis en Acapulco, México’: “Toda la cosecha está perdida”

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La bahía de Acapulco se hace pequeñita bajo los pies a medida que el helicóptero se eleva desde el hospital Naval. A vista de pájaro, este jueves la ciudad es una panorámica de ruinas y fantasmas tras el paso de Otis: el huracán destripó los exclusivos hoteles donde la jet set mexicana se emborrachaba con champán en aquellas noches eternas; los campos de golf parecen mesas de billar que alguien ha llenado de cristales rotos; las playas están vacías, algunos barcos flotan descascarados a la deriva; los montes, que solían ser de un verde radiante, ahora tienen un color marrón enfermo después de que el viento arrancara las hojas y dejara solo los troncos raquíticos; los barrios más pobres han perdido sus tejados de lámina y los escombros colonizan las calles; de los asentimientos irregulares sobre los cerros ascienden columnas de humo allá donde sus habitantes incendian enormes piras con la basura que trajo la mayor tormenta que han conocido las costas del Pacífico mexicano; la idílica postal de Playa Diamante ha dejado atrás el lujo y recuerda más bien a la fotografía de un bombardeo.

Un helicóptero de la Marina llega a San Isidro Gallinero para entregar ayuda humanitaria, el 2 de noviembre.

El helicóptero aterriza con estruendo en una pista del aeropuerto. En un hangar, decenas de soldados de la Secretaría de Marina descargan y apilan toneladas de latas de sardinas de un camión que luego se repartirán entre las comunidades rurales más aisladas. La ciudad está arrasada —la cifra oficial de víctimas, sin actualizar desde hace varios días, es de 46 muertos y 59 desaparecidos—, pero tierra adentro Otis tampoco ha tenido piedad.

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Hay decenas de pueblos y aldeas que han pasado una semana incomunicados: sin contacto con el mundo exterior ante la caída de la electricidad y la luz; sin suministro de agua en el grifo ni en las tiendas; sin alimentos más allá de lo que guardaran en la despensa o lo que pudieran cazar, pescar o cosechar; bebiendo agua de ríos y cocos.

La Marina asegura que llevan varias jornadas haciendo unos 70 vuelos diarios para que la ayuda humanitaria alcance también los lugares más recónditos de Acapulco.Niñas se cubren del polvo levantado por el helicóptero con una sombrilla.

Frijoles, maíz y agua del río
San Isidro Gallinero es un pueblo de caminos de tierra y casas de adobe con tejados construidos con materiales como el amianto, un mineral extremadamente nocivo para la salud. Sus habitantes son agricultores que comen gracias a los campos de maíz, los árboles de limón y mango, los cocos de las palmeras.

El huracán ha arrasado toda la cosecha y, con ella, su único medio de subsistencia. No hay electricidad ni conexión a internet desde hace una semana, la comida ha escaseado y, si no hubiera sido por las reservas de sus propios cultivos, el hambre habría sido un problema mucho mayor que Otis. La sed les ha obligado a beber agua de los ríos y manantiales.

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