Bruce Willis, el héroe duro del cine con una vida modesta y muchos millones en el banco

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Bruce Willis cumple este jueves 65 años y lo más relevante del acontecimiento es que, a diferencia de muchas otras figuras de Hollywood que han llegado a esa edad, Willis aparenta exactamente los años que tiene, ni uno más ni uno menos. Eso, en un gremio tan narcisista y preocupado por las patas de gallo en el que progresar en edad se percibe como una degeneración física -y no como una fase de la vida, también con sus ventajas y sus encantos-, tiene mucho mérito. Tiene mucho mérito, en definitiva, no querer ser Tom Cruise.

Willis, que durante años ha encarnado los valores de la virilidad americana -en un sentido wéstern de la expresión, encarnando al hombre responsable que se arriesga con valentía por el bien común, un papel que ha interpretado mil veces en sus películas de acción-, en realidad es un tipo más sencillo de lo que su estatus nos podría hacer pensar. Es, básicamente, una estrella que vive y deja vivir, y que no le tiene miedo al avance del calendario.Willis, con su entonces esposa, Demi Moore, en los años 90.

Nunca fue exactamente un sex symbol, ni tampoco un actor que entrara en la categoría de las moles musculadas con las que alguna vez tuvo que competir en taquilla -si es por bíceps, Stallone Schwarzenegger le ganan con amplia diferencia, aunque no así en el difícil arte de saber levantar la ceja-, de modo que su imagen desde los 80 hasta hoy se corresponde con otro canon del héroe en el cine: el que la tradición ha asignado a figuras clásicas como John Wayne o Jimmy Stewart.

Aunque su fama comenzó a cimentarse con la serie Luz de luna (1985), donde compartía protagonismo con la primaveral Cybill Shepherd, donde se ganó un lugar para la historia fue encarnando a John McClaine en Jungla de cristal (1988), la mejor película de acción de su tiempo -y quizá de todos los tiempos-, y acaso también la película navideña más atípica de la historia.

Fue por entonces cuando Willis conoció a quien sería su primera esposa, Demi Moore, una relación que daría origen tanto a momentos de felicidad compartida -tienen dos hijas y un hijo juntos- como a un montón de sinsabores derivados del proceso de divorcio que alcanzó su pico en el año 2000, cuando apenas llevaban 13 años de matrimonio (se casaron en 1987).

A finales de los 90 Willis estaba en el apogeo de su oficio: había interpretado a John McClaine en dos entregas más de Jungla de cristal, había tenido un papel secundario monumental en Pulp Fiction a las órdenes de Quentin Tarantino, y continuó amasando papeles heroicos en cintas de éxito taquillero como 12 MonosEl último boy scout,El quinto elemento o Armagedón. En el final de la década de los 90 su prestigio aumentó cuando se puso a las órdenes de M. Night Shyamalan en sus dos primeras películas, El sexto sentido y El protegido, considerada la mejor película de superhéroes antes de que se pusieran de moda las películas de superhéroes.

Desde entonces, Willis ha cabalgado la ola de su éxito sin aspavientos ni ostentación: el total acumulado de ganancias sólo con sus películas se calcula en cerca de 200 millones de dólares -a los que habría que descontar los 90 que le costó su divorcio-. También ha sobrellevado con entereza un par de malas inversiones que hizo y los pinchazos en taquilla; uno de los más clamorosos fue en 1993 con la película El color de la noche, un thriller erótico producido deprisa y corriendo para aprovechar el impacto que había tenido en la taquilla mundial Instinto básico, y que lo único que dejó para la historia fue una escena sexual en la piscina, con su partenaire de entonces (la olvidada Jane March), en la que se veía un plano fugaz de su pene. Quizá pequeño por naturaleza, o arrugado por la exposición al agua, aquella imagen fue objeto de burlas de todo tipo.El actor y su actual mujer, la modelo Emma Heming.

Pero Willis continuó a lo suyo y fue mejorando su caché y, por ende, su vida, sin complicársela en gastos ostentosos ni aventuras empresariales desbocadas. No es que viva como un monje, pero tampoco le motiva hacer apariciones públicas fastuosas. Cuando empezó a clarearle el pelo, en vez de ponerse peluquín (como John Travolta) o hacerse injertos, tomó la decisión de raparse al cero: ese mínimo gesto mejoró su imagen de tipo duro pero cercano y familiar e hizo más creíble su aura de hombre sereno que practica actos heroicos pese a su voluntad en la mayoría de sus películas.

Durante la década de 2000 coleó el caso de su divorcio con Demi Moore -la relación terminó fatal, y ella todavía siente resquemor; en una entrevista de 2019 llegó a afirmar que no creía que ella debiera cobrar menos que él por protagonizar una película-, y terminado el proceso pudo rehacer su vida con una nueva pareja, la modelo Emma Heming, con quien se casó en 2009, cuando ella tenía 30 años y él 54.

Actualmente sigue en la brecha: rueda una media de tres o cuatro películas al año, ya no dando vida a papeles de primera fila en superproducciones, pero sí firmemente establecido en la clase media de Hollywood, en producciones independientes y al servicio de nuevos directores. Lo suficiente para mantener el tirón y su vida sin mayores sobresaltos, ocupada también en ver crecer a las dos hijas que ha tenido con Emma Heming, Mabel y Evelyn Penn, nacidas en 2012 y 2014. Un tipo, en definitiva, que ha sabido envejecer. Algo que, ya se sabe, no es tan fácil