Con ocasión del Día Mundial del Medio Ambiente, la Conferencia del Episcopado Dominicano (CED) hizo un dramático llamado a las autoridades del gobierno y a las instituciones de la sociedad civil para que multipliquen los esfuerzos para proteger los recursos naturales y erradicar toda situación que degrade o destruya la dignidad del ser humano.

Los obispos denunciaron la falta de planificación territorial, la extracción irracional de arena y agregados de los ríos, la tala indiscriminada por la industria maderera, la quema ilegal de carbón vegetal, la invasión de áreas protegidas, la corrupción y el desfalco al erario, como grandes males que destruyen el ambiente y al pueblo dominicano.

“La falta de una política territorial es principalmente la raíz del desorden ambiental que afecta no sólo los recursos naturales de manera integral, sino también la ecología del ser humano, agravada por la corrupción y el robo del tesoro público”, dicen los obispos en un mensaje pastoral divulgado ayer con ocasión del Día Mundial del Medio Ambiente.

Dicen que están muy preocupados, al igual que grandes segmentos del sector empresarial y social, de que en República Dominicana, tanto el hombre como la naturaleza “estén siendo gravemente atacados y agredidos de diversas formas y desde varios frentes”.

El documento, titulado “República Dominicana: nuestra casa común”, fue dado a conocer en un acto celebrado en el Recinto Santo Tomas de Aquino, de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), luego de una conferencia sobre la conservación de los recursos naturales, dictada por el arzobispo metropolitano de Huancayo, Perú, monseñor Pedro Barreto Jimeno, vicepresidente de la Red Eclesial Panamazónica del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM).

“Hagamos el esfuerzo necesario para proteger nuestros recursos naturales, de modo que podamos vivir conservando nuestra casa común dominicana, con toda la belleza, pureza y perfección con que Dios la creó”, exhorta la CED, tras enumerar una serie de males y acciones “que causan graves e irreparables daños al medio ambiente y al ser humano”.Entre estas acciones “negativas” y “deshumanizantes”, obispos citan el descuido, la ignorancia, la irracionalidad, la avaricia, la explotación, la agresividad, la perversidad y la impiedad”, y sugieren que se adopten medidas concretas y que se formen entes reguladores que eviten el desorden y el deterioro medio ambiental que afecta a la sociedad.

Denuncian que hay mucha “confusión y caos” en la propiedad y tenencia de la tierra, debido a inconsistencia de la ley de Registro Inmobiliario que favorece dos sistemas paralelos en la legalidad de la tenencia de tierra, y que en toda la geografía nacional se realizan actividades económicas intensivas que afectan el equilibro de los ecosistemas, siendo la “extracción descarada” de agregados de los cauces de los ríos uno de los peores daños”.

Condenan corrupción
Entienden los obispos que “el robo sistemático del erario por políticos sin escrúpulos y empresarios aprovechados, que exhiben grandes fortunas adquiridas sin sacrificio alguno y de manera impune, es uno de los grandes atentados a la ecología humana”.

El mensaje pastoral agrega que como consecuencia de esta práctica corrupta contra la población, “miles de familias viven sumergidas en la más vil miseria, con una vida prácticamente inhumana, y que más del 30% de los dominicanos se encuentran en situaciones de extrema pobreza, viviendo en arrabales y a orillas de ríos y cañadas llenos de contaminación”.

ECOLOGÍA RELACIONA LO HUMANO Y NATURALEZA
Con respecto a las personas, los obispos afirman que la “ecología humana” tiene que ser lo primero, porque ésta implica la necesaria relación de la vida del ser humano con la ley moral escrita en su propia naturaleza, ya que existe una “ecología del hombre” porque “también el hombre posee una naturaleza que él debe respetar y que no puede manipular a su antojo”, como afirmara el Papa Benedicto XVI.

Citaron el narcotráfico entre los frentes que atacan y destruyen al ser humano, el cual, “es impulsado y apoyado por sectores de poder que buscan saciar sus ansias ilimitadas de riqueza fácil, cuyas actividades funcionan como un mecanismo de destrucción masiva que pone en riesgo no sólo la convivencia social, sino la misma vida de los ciudadanos.